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ANÁLISIS: Los peligros de negociar con el dictador

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ANÁLISIS: Los peligros de negociar con el dictador

¿Qué espera Washington con un acercamiento a Venezuela, luego de años de tensiones y acusaciones?

Jorge Ramos* | Al día Dallas

Siempre es peligroso negociar con un dictador porque su único propósito es quedarse en el poder. Y hará todo lo necesario para conseguirlo. Todo.

Por eso es una mala idea que Estados Unidos negocie con el dictador de Venezuela, Nicolás Maduro, para obtener petróleo. Las ventajas, según expertos, son mínimas. Los niveles de producción de Venezuela no son lo suficientemente altos como para compensar la pérdida del petróleo ruso y el precio de la gasolina en Estados Unidos no disminuiría mucho. En cambio, las probables consecuencias para los venezolanos que padecen la represión o mala gestión de Maduro son enormes: más represión, menos libertades y el alejamiento de una posible salida democrática a mediano plazo.

El pasado 8 de marzo el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, prohibió todas las importaciones de gas y de petróleo de Rusia. Es una sanción contundente por la invasión rusa a Ucrania. Esto significa que Estados Unidos dejará de importar alrededor de 600,000 barriles diarios de petróleo ruso. Y eso, en consecuencia, aumentará el precio de la gasolina.

Estas son malas noticias para el gobierno de Biden, que ya está enfrentando la peor inflación en los últimos 40 años. Pero la urgencia y las ganancias rápidas son malas consejeras. Estados Unidos está buscando cómo compensar la pérdida de esos barriles de petróleo ruso. Y, con ese propósito, hay indicios de que cometió un error: buscar a Venezuela.

Una delegación de Estados Unidos viajó a principios de este mes a Caracas para reunirse con Maduro y, de acuerdo con cinco fuentes que conocían las conversaciones y hablaron con la agencia de noticias Reuters, discutieron el posible levantamiento de las sanciones estadounidenses al petróleo venezolano. Ni Maduro ni la Casa Blanca quisieron confirmar esta información y, aparentemente, no llegaron a ningún acuerdo inmediato. Pero poco después de esa reunión fueron liberados dos de los ocho estadounidenses encarcelados en Venezuela, varios de ellos desde 2017. Todos los rehenes —¡todos!— deben ser liberados inmediatamente.

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Aún no está muy claro qué espera el gobierno en Washington con este acercamiento después de años de tensiones y acusaciones entre Venezuela y Estados Unidos. Pero no está mal recordar que las sanciones y presiones estadounidenses (y de varios países más) a la dictadura brutal de Maduro tienen como objetivo el promover un cambio democrático y proteger, en lo posible, el respeto a los derechos humanos.

Hasta ahora, casi seis millones de venezolanos han dejado su país debido a la violencia, inseguridad, falta de comida o de medicinas, según la agencia de las Naciones Unidas para los refugiados. La censura estatal es férrea y se persiguen sistemáticamente periodistas independientes, opositores y críticos del gobierno. Hasta el 14 de marzo había 241 prisioneros políticos, según Foro Penal, una organización no gubernamental de defensoría de los derechos humanos. La represión persiste —hay registros de detenciones arbitrarias, encarcelamiento de opositores y manifestantes y testimonios de tortura— y una misión de la ONU concluyó que hay motivos razonables para considerar que se han cometido crímenes de lesa humanidad en el país. Sin un consejo electoral autónomo, las votaciones tampoco son confiables. La última elección presidencial, en la que Maduro fue declarado vencedor, no fue reconocida por buena parte de la comunidad internacional.

No tiene ningún sentido alejarse de un dictador para acercarse a otro.

Los congresistas hispanos en Washington pocas veces se ponen de acuerdo. Pero, en este caso, demócratas y republicanos coincidieron en que era una grave equivocación ética y de política exterior buscar petróleo venezolano debido a la guerra en Ucrania.

“Las aspiraciones democráticas del pueblo venezolano, al igual que el coraje del pueblo ucraniano”, dijo Bob Menendez, senador demócrata por Nueva Jersey: “Valen más que unos pocos miles de barriles de petróleo”. Y Mario Diaz-Balart, congresista republicano por la Florida, fue aún más duro: “Aquí hay dos opciones. O el presidente Biden y su gestión —y quiero ser respetuoso— son tan idiotas o están traicionando a la causa de la libertad en Venezuela”.

El acercamiento inicial del gobierno de Biden a Venezuela ha sido tan criticado que hasta la vocera de la Casa Blanca, Jen Psaki, ha mostrado una sana distancia. En una conferencia de prensa reciente insistió que Estados Unidos no reconoce a Maduro como presidente legítimo y, dándole un consejo a los periodistas, dijo que ella no le dedicaría mucho tiempo a la posibilidad de “importar, en este momento, petróleo de Venezuela”.

Pero la pregunta persiste: si Estados Unidos ni siquiera reconoce a Maduro como presidente, ¿qué fueron a hacer altos funcionarios del gobierno de Biden a Caracas? Las arepas en Miami son tan ricas como las de Venezuela. No hay que irse tan lejos.

Lo que Maduro está buscando es sencillo: que Estados Unidos lo reconozca como presidente legítimo de Venezuela. “Tenemos una relación de negocio petrolero con los Estados Unidos de 100 años”, dijo Félix Plasencia, el ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela. “Nosotros no los hemos sacado a ellos del negocio, se fueron ellos para poner medidas coercitivas. Ahora quieren regresar. Bueno, si aceptan que el único y legítimo gobierno de Venezuela es el que lidera el presidente Nicolás Maduro, bienvenidas las empresas petroleras estadounidenses y europeas”.

Pero ni Estados Unidos ni Europa deben reconocer a Maduro como presidente. Ni por todo el petróleo de Venezuela.

En un momento en que el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, nos ha demostrado la importancia del liderazgo moral en una crisis, Estados Unidos no puede ceder a la tentación de negociar con un dictador por petróleo, lo que lo legitimaría. Y haría más difícil para la oposición venezolana presionar por una salida diplomática que derive en una solución democrática. ¿Acaso el presidente Biden está dispuesto a sacrificar el futuro de Venezuela para bajar el precio de la gasolina un poco?

Tristemente, tras la visita de la delegación estadounidense a Caracas, se repitió por todos lados la famosa frase atribuida al ex primer ministro británico Lord Palmerston: “Las naciones no tienen amigos ni enemigos permanentes, solo intereses permanentes”.

Estados Unidos aún está a tiempo de corregir. Un dictador es un dictador. Y a pesar de las enormes presiones que está causando la guerra en Ucrania, no se puede criticar a un dictador para negociar con otro. Hasta en las guerras hay una línea moral que nunca se debe cruzar.

* Periodista ganador del Emmy. Director principal de noticias de Univisión Network.

Este artículo fue publicado originalmente en Al día Dallas, con el título ‘Los peligros de negociar con el dictador‘.

 

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