Análisis

ANÁLISIS: Venezuela, la obsesión de Petro

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ANÁLISIS: Venezuela, la obsesión de Petro

El riesgo más grande está en las huestes petristas, que hoy están empoderadas, vengativas y tan cargadas de tigre como estaban los chavistas cuando triunfó Chávez.

Felipe López Caballero | SEMANA

Gustavo Petro tiene una obsesión. Cómo hacer ahora que llegó a la presidencia para que Colombia no se convierta en Venezuela. O por lo menos para que la gente deje de creer eso. No le va a quedar fácil. Una encuesta reciente de YanHaas reveló que alrededor de la mitad de los colombianos tienen ese temor.

Petro, obviamente, no quiere que eso suceda. Él no es bruto y sabe que el modelo castrochavista se ha convertido en el mayor fracaso socioeconómico del siglo XXI. El problema es que su campaña presidencial atizó tanto el resentimiento social y la lucha de clases que dejó un tufillo de revolución bolivariana. Él ha tratado de neutralizar esa percepción moderando sus posiciones en el último mes y rodeándose de personajes que tranquilicen. Eso ha servido en parte, pero el coco de Colombia convirtiéndose en Venezuela está vivito y coleando en el imaginario nacional.

En la práctica eso no puede pasar. Los dos países y las circunstancias son demasiado diferentes y Colombia no va a colapsar con Petro. Su programa de Gobierno es duro, pero no revolucionario. Por ahora, aprieta pero no ahorca. Muchas de sus propuestas simplemente no son viables por utópicas y por costosas. Las que el próximo Gobierno sí va a poner en práctica en asuntos como impuestos, hidrocarburos, pensiones y salud, pueden acabar siendo una catástrofe o de pronto un éxito, pero en todo caso no van a venezuelizar el país.

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Hay, sin embargo, tres temas que sí podrían generar una dinámica de pánico castrochavista: 1) la prolongación de Petro en el poder, 2) la propiedad privada, 3) las huestes petristas.

En su campaña presidencial de 2018, el entonces candidato de la Colombia Humana dijo: “Si yo soy presidente de Colombia, el primer acto del primer día de mi gobierno será convocar un referendo ciudadano con una sola pregunta: quiere usted Sí o No convocar una Constituyente”. Esa convocatoria entrañaría seguramente el restablecimiento de la reelección, siguiendo los ejemplos de Chávez, Daniel Ortega y Evo Morales. El recién elegido presidente, en su nuevo tono moderado, ha dicho que ya descartó esa opción. Sin embargo, los estudiosos de la revolución bolivariana saben que ese proceso ha tenido dos etapas, la de las promesas para tranquilizar y la del incumplimiento de las mismas.

Algo parecido pasa con su compromiso ante notario de NO expropiar. Ese fue un acto simbólico que carece de valor, pues hasta la Constitución permite expropiar en determinadas circunstancias. Aun así, es un gesto que fue bien recibido.

Sin embargo, el riesgo más grande para el país está en el estado de ánimo de las huestes petristas. La pandemia, la inflación y las redes sociales tienen a esa fanaticada tan cargada de tigre como estaban los chavistas cuando triunfó Chávez. El talante de lucha de clases que le imprimió Petro a su campaña los ha hecho sentir empoderados y hasta vengativos. Poco antes de su elección, se presentaron incidentes como la invasión a la brava de un grupo de personas a la piscina de un edificio de estrato 6 en Montería, con el grito de que allá se quedarían hasta que ganara Petro. Ese no ha sido el único caso. Salud Hernández registró la toma por la fuerza de tres ingenios pequeños en el Cauca por parte de hordas que reclamaban derechos sobre esas tierras. El periódico El Tiempo, por su parte, publicó que en el Cesar, Córdoba, Atlántico, Bolívar y Tolima, grupos de personas violentas llegaron con machetes y papeles falsos a invadir tierras que legítimamente les pertenecen a terceras personas.

Ninguno de estos hechos ha sido incitado directamente por Petro. Pero sus denuncias durante la campaña sobre esclavistas, derechos ancestrales y otros planteamientos sobre la propiedad de la tierra han contribuido a crear el ambiente de hostilidad reinante en algunas zonas del país. Manejar a esas huestes de invasores va a ser tal vez el mayor reto del nuevo presidente si de verdad quiere espantar el fantasma del castrochavismo.

 

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